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Me robaron mi cultura

Me robaron mi cultura Me robaron mi cultura

Autor:

Mari Berrio

Edad:

 73 años

Localidad:

Erandio

Mari Berrio nació en el año 41, también llamado el año del hambre. Tras la guerra la miseria habitaba hasta en el rincón más pequeño de la ciudad. La gente intentaba sobrevivir como podía y como el nombre del año indica, la comida era el asunto más problemático de todos y el que más escaseaba. La base de su alimentación consistía en frutos tocados que las fruterías desechaban y lentejas con bichos que, por ponerle alegría a la situación, decían ser trozos de carne. “Era lo único que conseguíamos llevarnos a la boca pero por lo menos llenábamos el estómago, que era de lo que se trataba”.

Mari tenía una vecina a la que acompañaba, la cual poseía viñas y bodegas lo que les proporcionaba considerables ganancias. Esta le ofrecía un buen trozo de pan blanco con chocolate cada vez que ella cuidara de su hija que yacía enferma en la cama. Así empezó a quitarse el hambre. Asimismo, cuando tuvo la edad, comenzó a ejercer de niñera, trabajo por el cual le pagaban en forma de bocadillo o de comida. Pero según nos cuenta, las señoras eran unas aprovechadas “te explotaban todo lo que podían. Mientras dormían los niños había que fregar de rodillas con el cepillo, planchar, etc.” nos explica. “A mi no me han llegado a pegar pero a algunas les pegaban” añade.

De esta forma, por muy dura y costosa que fuera, Mari fue consiguiendo poco a poco los alimentos necesarios para sobrevivir y en casa ya era una boca menos que alimentar.  Con el paso del tiempo Mari dejó su trabajo de niñera para ser criada “esa palabra la odio, suena mejor asistenta de hogar” dice. Tenía 11 años y a penas podía ir al colegio ya que de su trabajo dependía la comida que ese día se llevaría a la boca. Además, su madre sufría constantes mareos causados por la falta de alimento que según ella le impedían hacer las tareas de casa como planchar, fregar los cacharros, ir a la fuente a traer agua, lavar la ropa de casa y la de otras familias que también lavaban para ganar algo de dinero, etc. Por lo tanto era Mari la que se encargaba de todo esto y con tanto trabajo no le quedaba tiempo para el colegio y le tuvieron que desapuntar. A pesar de todo Mari asegura que los mareos de su madre tampoco fueron tan fuertes como para quedar incapacitada para realizar las tareas de casa. “Nunca la vi en la cama en ese tiempo” afirma.

A los 14 años se fue con su hermana mayor a Bilbao y Mari quedó interna en una familia pudiente con lo que se aseguró manutención y vivienda.  La comida que allí le ofrecían tampoco era gran cosa pero no le quedaba otra que conformarse con aquello que le daban. Poco a poco se fue adaptando a esa nueva vida aunque al principio se sentía muy sola. Fue haciéndose amigas con las que empezó a descubrir su nueva realidad y esta ciudad que al principio le resultaba tan extraña,  y con el paso del tiempo conoció al que sería su marido.

Se casaron y tuvieron 3 hijos a los que Mari tuvo que criar casi sola y fue en ese momento cuando se dio cuenta de que en su niñez, al desapuntarle de la escuela habían dejado de lado su cultura. “Me habían negado la cultura a la cual todos tenemos derecho” asegura. En aquellos tiempos la carrera de las mujeres era criar niños y atender a las tareas de casa. “No importaba si no estudiábamos. Por ejemplo, yo tenía un hermano mayor y sin embargo me sacaron a mi de la escuela y él siguió estudiando”. Quería recuperar lo que por derecho nos pertenece a todos y para ello se apuntó a clases de adultos cuando sus hijos ya eran mayores. El acudir a esas clases le enseñó a desenvolverse ella sola sin tener que acudir a sus hijos constantemente y le devolvió parte de la cultura que antaño le había sido robada. Pero su marido no quería que ella acudiera a la escuela de adultos y quiso obligarla a dejarla. “Él no quería que fuera. Para los hombres cuanto más tontas éramos mejor”. Abrumada por la situación, Mari fue a un psicólogo que le aconsejó y le animó a no dejar las clases y, convencida de ello,  finalmente dejó a su marido que tampoco quería acudir a las reuniones con este profesional para aclarar las cosas. “Ese matrimonio me fue muy mal, no estaba a gusto. Tuve que casarme a la fuerza porque nos veíamos obligadas a casarnos con hombres ricos o al menos con trabajo” nos cuenta.

Pero los tiempos cambiaron para Mari, y con sus cursos de cultura viento en popa encontró al que sería el marido perfecto. Le ayudó con sus cursos, le apoyaba, le acompañaba a las clases le mostraba en todo momento su apoyo, pero desgraciadamente con el tiempo cayó enfermo y falleció. Ella siguió en la escuela para adultos y siguió peleando por la cultura. Hoy en día sigue involucrada en la EPA, educación para adultos, y se encuentra muy a gusto en las clases. Una de sus mejores experiencias dentro de este centro fue cuando por mandato de la profesora escribió un cuento que destacó entre todos los que fueron escritos por sus compañeros y que más tarde todos le pedirían fotocopias. Esto es un pequeño reflejo de la soltura y destreza que ha ido adquiriendo y según nos cuenta se sentía, por una vez en la vida, la protagonista de aquel acontecimiento.

Le ha cambiado la vida, ha pasado de ser una persona aislada que se sentía incapaz de vivir en el mundo real, de desenvolverse por sí sola a ser una persona echada hacía delante capaz de manejar cualquier gestión y con conocimientos suficientes para deslizarse por la realidad. Ahora se defiende mejor, es más decisiva en todos los ámbitos de su vida y lo más importante es que ha aprendido valerse por sí misma “estoy muy orgullosa y me siento mejor conmigo misma”. “No solo aprendemos cultura sino que aprendemos a vivir y a escuchar” asegura.

Su objetivo es seguir formándose y demostrar al mundo que todos, tanto hombres como mujeres, estamos capacitados para adquirir nuevos conocimientos.

El consejo de Mari para la gente de hoy en día que tiene dificultades para seguir adelante es interesarse por las cosas, saber adaptarse a las nuevas situaciones y trabajar duro en todo lo que se pueda, que siempre hay algo que hacer. Es importante buscar apoyo en los seres queridos que nos ayudarán y animarán en todo lo que hagamos. Pero sobre todo aprender, aprender y aprender todo lo que se pueda que como se suele decir “el saber no ocupa lugar”.

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